Sergio Capitán ganador del X CONCURSO EUROSTARS HOTELS DE RELATOS BREVES. Premio especial del público para María Ramón Domínguez. RELATOS PREMIADOS

EUROSTARSCULTURA.COM / El relato ganador de la 10ª edición del Concurso Eurostars Hotels de Relatos Breves se titula ‘Ítaca en la maleta’, y su autor es Sergio Capitán Herraiz. 

“Ítaca en la maleta parte de un viaje que hice en bicicleta por la costa da Morte hace varios años. El paseo de la Torre de Hércules o la atmósfera que envolvía Malpica de Bergantiños fueron dos de los momentos en los que puede decirse que sentí el síndrome de Stendhal por la sobredosis de belleza. A Coruña es un lugar al que siempre quieres volver”, explica Sergio Capitán, ganador de 3.000 euros gracias a esta apasionante historia.

El Premio Especial del Público al relato más votado en la web del concurso ha recaído en María Ramón Domínguez, que podrá disfrutar de una estancia de una noche en el hotel de Eurostars Hotel Company que elija gracias a su relato ‘En la 222’.

RELATOS PREMIADOS

ÍTACA EN LA MALETA

Hay un poema de Kavafis que me visita cuando busco inspiración. Aparece sin avisar, como las musas que siempre encontraban a Picasso trabajando. Viene a decir que, al final, lo que queda es el viaje. Ya sea a Ítaca o a Malpica de Bergantiños, en A Coruña, el pueblo de mis abuelos en el que pasé veranos eternos en mi infancia, en contraste con la sucesión de días sin control que es la vida adulta.
Nuestros planes de hacer la Costa da Morte en bici en semana santa desde A Coruña a Finisterre se vieron truncados por mi lesión de rodilla. Pero sellamos una promesa. En cuanto pudiéramos, haríamos ese viaje en coche. Recuerdo tu sonrisa imaginando las leyendas que te había contado al respecto de los lugares mágicos que atravesaríamos, con su clima tantas veces áspero y sus gentes de carácter dulce pese al continuo azote de mar y vientos.
Y así, el quince de septiembre comenzamos nuestro periplo hacia la tierra de las saudades, como te gustaba decir, con ese término luso-galaico que hace referencia a tu eterna nostalgia y melancolía. ¿Es posible enamorarse de una palabra?, disparabas al aire. Yo sonreía, a modo de asentimiento.
Fuimos en coche hasta allí, huyendo del cielo sin estrellas de Madrid y de su lluvia ausente. Yo conducía y no me dabas mucha conversación, por lo que puse música. “Me gusta cuando callas porque estás como ausente”, pensé, recordando aquel verso de Neruda, a la vez que caían las primeras gotas según dejamos Castilla y León. Ya al llegar a nuestro destino, el Eurostars Atlántico, en recepción nos recibieron con una sincera sonrisa. Tras registrarnos, decidimos comer en el restaurante del hotel, por comodidad y las buenas referencias que tenía.
Degustamos un arroz para dos espectacular. El camarero miró asombrado al ver que habíamos podido con todo. Tras una breve siesta, salimos a pasear rumbo a la torre de Hércules y sus alrededores.
Si alguna vez me pierdo, búscame aquí, te había dicho varias veces. Seguro que lo entendiste al disfrutar de la permanente luz de otoño que envuelve el paseo que rodea esa pequeña península con esculturas, menhires e inmejorables vistas. Una vez escogimos el sitio que más nos gustaba de la zona, paseamos por todo el contorno antes de acercarnos a la Playa de Riazor a disfrutar de la fina arena.
El verano llegaba a su fin, con esas nubes características que sin anunciar tormenta te invitan a ponerte un jersey. Tras pasear toda la tarde, decidimos volver al hotel y llenar la bañera. No teníamos a mano velas ni incienso, pero, poco a poco, y coronada por una capa de espuma, la bañera alcanzaba la temperatura y el nivel perfectos. De banda sonora escuchábamos el piano de Ludovico Einaudi y su “Nuvole Bianche”.
Serví dos copas de albariño. Nos sumergimos y brindamos, mientras nos reíamos de errores pasados que juramos no volver a cometer. Estaba tan a gusto que cerré los ojos. Al abrirlos, asumí que, algún día, resbalaríamos juntos hacia el otoño de la vida.
Al día siguiente, salimos a pasear sin prisa. La plaza de María Pita, la playa del Orzán o la antigua fábrica cervecera nos tuvieron entretenidos y picamos algo. Acabamos sentados contemplando el mar, mientras te contaba anécdotas de mis veranos en Malpica y te escribía un poema que no me atreví a leer.
Como un escolar, intuí que una sirena estaba anunciando el fin del recreo cuando se aproximó la puesta de sol. Entonces, nos dirigimos al sitio que habíamos elegido el día anterior junto a la torre de Hércules. Allí, un gaitero interpretando “Blowing on the wind”, creaba la atmósfera de las películas de Bayona.
Con un nudo en la garganta, saqué aquel recipiente que había llevado con sumo cuidado todo el viaje. Me alejé lo suficiente para que tuviéramos intimidad y te leí en voz alta aquella versión que escribí de un poema de Quevedo, “seré polvo, mas polvo enamorado”.
Entonces arrojé tus cenizas. No estábamos en Ítaca, pero daba igual. Quedaba el viaje de vuelta.

 

 

EN LA 222
La moqueta absorbía mis pasos. 212. 214. 216. Y en el pasillo, nada. Solo el viento intentando entrar por la ventana y el jadeo de mi respiración acelerada. 218. 220. Temblaba. Y 222. Había estado apretando la tarjeta con tanta fuerza que me había cortado un poco la palma de la mano. La aprensión me mareó, pero la rabia pudo más. Enfoqué mi vista, introduje la tarjeta y abrí.

Ahí estaban. Piel contra piel. Cómo duele verlo desnudo si no es conmigo, pensé. Jorge, superado por mi presencia, tiró de la sábana y se tapó, dejándola a ella al descubierto. Grité cuando la vi. Era yo. Se estaba acostando conmigo.

Tres días antes, en la recepción del hotel dejé que Jorge se encargara del check in mientras saludaba a mi público más fiel. Siendo honesta, ese es el único público que suele acudir a este tipo de conferencias. La física solo interesa a los físicos. Y eso me incluye, claro. De hecho, puede que sea la primera mujer española a la que llaman para unirse a la cumbre de la mecánica de los fluidos. La cumbre de los frikis.

– ¡Jorge! ¿Subimos?

Jorge tenía nuestras llaves en la mano, pero se había quedado boquiabierto, mirando como una chica hablaba por teléfono en el hall. Nunca antes la había visto en este tipo de ponencias.

– ¿Quién es?
– ¿Qué? Ah no sé. Perdona, estaba pensando en mis cosas. Vamos, nos han dado la 222.

En el escenario, cegada por los focos, vislumbré a Jorge sentado en la última fila, algo típico en él. Lo que me extrañó fue que eligiera el asiento contiguo a la chica del hall. Él siempre solía dejar una butaca libre. Me aclaré la voz y empecé: ‘Los estudios de mi equipo han sido largos, es cierto…’ Jorge la miró de reojo. ‘…pero nuestra primera conclusión ha valido el esfuerzo.’ –¿le está susurrando algo?– ‘la teoría del desdoblamiento del tiempo y el espacio vive una segunda etapa.’ Aquella chica desconocida comenzó a reírse con ganas, como si Jorge le hubiera contado algo muy bueno. ‘Hemos llamado a esta etapa, el Desdoblamiento de la Materia.’ O quizás se reía de mí.

– Has estado muy bien, amor.
– Jorge, ¿quién es la chica con la que te has sentado? –No tenía tiempo que perder.
Jorge intentó quitarle hierro con su tono.
– Una antigua alumna.
– ¿Qué hace aquí? ¿Y por qué no me has dicho antes que la conocías?
– Disculpe, doctora. Quieren hacerle unas preguntas, vienen del diario local.

Me pasé la tarde entre periodistas y colegas de la profesión. Cuando llegué a la habitación, caí rendida en esa cama de nube. Jorge había salido a fumar a la calle y cuando volvió yo ya dormía.

Al día siguiente bajamos juntos al desayuno buffet. Croissant de mantequilla, mermeladas caseras, zumos espumosos, jamón y chorizo. El paraíso. Eso bastó para serenarme.

–Cariño, quería pedirte disculpas. Creo que ayer estuve un poco paranoica con la chica del hall. Son los nervios de estos días. Quiero que me den la subvención y necesito que la presentación de hoy salga bien.
–Saldrá genial, ya verás. Los tienes en el bolsillo. Y no te preocupes más por Ana, está aquí porque conoce a otro ponente.

El auditorio estaba más lleno que de costumbre. Los periodistas ocupaban las tres primeras filas de butacas. Jorge seguía en la última y Ana junto a él. Quería concentrarme pero no podía evitar pensar en el verano pasado. ‘Quiero presentarles la hipótesis principal de nuestro estudio. Resume la probabilidad de –coloquialmente– estar en dos sitios a la vez.’ Solo fue una vez, pero tenía aquella noche grabada a fuego en mi cabeza. Nada había vuelto a ser lo mismo. Y eso lo sabíamos los dos.

Los aplausos me volvieron a la realidad, había estado soltando mi discurso en modo automático. Miré a mi derecha y vi a uno de los recepcionistas del Eurostars. Me sonrió. Quedé con Jorge en el bar, pero antes quería conocer personalmente a un compañero de profesión al que admiraba. No tendría muchas más oportunidades para hablar con ese genio de la física cuántica.

–Admiro su trabajo, Doctora Pous.
–No por dios. Ni siquiera esperaba que lo conociera. Yo sí le debo mis respetos, Doctor Benet.

Las palabras flotaban entre nosotros, pasó una hora sin darnos cuenta. Le invité a seguir la conversación en el bar del hotel. Cuando llegamos, Jorge estaba brindando con Ana. No es capaz de hacerlo mejor. Pensé mordiéndome el labio.

–Jorge, este es el Doctor Benet. Te he hablado mucho de él.
–Señor Benet, es usted el amor platónico de mi mujer. Eh, granuja?
–Jorge, por dios. ¿Vas borracho? Disculpe, doctor, pero creo que nos retiraremos ya.
–¡Espera, hostia! Tengo que invitar a Ana a la última.

Agarré de Jorge con fuerza. Nos fuimos arrastras: él, ebrio y yo humillada. Cerré la puerta de la habitación y discutimos a gritos. Estaba harta de aquello. Aunque lo que más me dolía era sufrir por perder a un hombre así. Jorge me abordó con su aliento ‘enwhiskeado’ y me empezó a besar. Suplicaba que lo perdonase, pero yo no podía aguantarle la mirada. Me parecía patético. Merecía algo mejor. Entonces empezó a sacarme la ropa y se me escapó una risa sarcástica.

–Pero si no te aguantas, por dios.

Se desabrochó el pantalón y vi que iba en serio. Me empujó contra la cama. Caí desprevenida y me incorporé desconcertada.

–Jorge, ¿qué haces? Para ya.

Lo aparté cabreada e intenté levantarme. Él agarró mis brazos con fuerza, le bastó una mano, y con la otra se bajó los calzoncillos. Me quedé paralizada. Y en ese mismo instante, desnuda y vulnerable, abrí la puerta de la habitación. Yo. Estaba ahí de pie, mirándome fijamente con la boca desencajada. ¿Había llegado para socorrerme?

Jorge se quitó de encima arrancándome la sábana y volví en mí. Aunque nunca volví a ser una.