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EFE - Madrid. La muerte apagó para siempre la voz de la escritora extremeña Dulce Chacón en la noche del pasado miércoles, a los 49 años. Un cáncer fulminante, diagnosticado hace tan sólo un mes, truncó la vida y la carrera literaria de esta mujer que, según dijo su hermana gemela, Inmaculada, "era la personificación de la vida, la pasión y el compromiso". La muerte tan repentina de Dulce Chacón, en un momento en el que empezaba a cosechar el éxito literario, especialmente tras la publicación de su novela La voz dormida, y cuando su voz tenía eco, tanto si se alzaba en contra de la guerra o a favor de la lucha por la igualdad de las mujeres, ha conmocionado a su gente cercana y también a los que discrepaban de ella, porque, como recuerda su hermana gemela, Inma Chacón, "Dulce nos ha dado una lección de cómo se debe afrontar la vida y la muerte". A la escritora extremeña Dulce Chacón, le entusiasmaba la literatura como revitalizador de sentimientos, como recuperador de vivencias o como altavoz de hechos casi olvidados. Y a eso dedicó su trabajo, a la reivindicación, por ejemplo, del valor de los silenciados tras la Guerra Civil.
Chacón, nacida en Zafra (Badajoz) en 1954, la muerte le sorprende cuando disfrutaba del éxito y el reconocimiento de crítica y público que le había reportado su última novela, La voz dormida, la recopilación de los testimonios de las mujeres que maltrataron los vencedores de la Guerra Civil y que la escritora juntó tras recorrer casi toda España. "Apenas se ha contado que la mujer sufrió doblemente durante la Guerra Civil, porque no sólo sufrió el retroceso general que vivió la sociedad civil española, sino también la pérdida de valores que acababa de conseguir", afirmó la autora. Sentimientos
Por los sentimientos, y por el amor por la literatura que desde muy pequeña le inculcó su padre, Antonio, poeta y alcalde de Zafra, Dulce Chacón comenzó a escribir pronto poesía, quizá para apaciguar la muerte del progenitor cuando la autora tenía 11 años y para resistir el posterior viaje a Madrid. Fue en este "exilio", según señaló en varias entrevistas, donde comenzó a impregnarse de la lírica de Celan, Rilke, César Vallejo o José Ángel Valente, sobre todo para liberar su necesidad por expresar emociones. Chacón publicó el primer libro de poesía, Querrán ponerle nombre, en 1992.
Siguió la trayectoria con Las palabras de la piedra (1993), la antología Tarde tranquila, Contra el desprestigio de la altura (Premio de Poesía Ciudad de Irún de 1995), Matar al ángel, de 1999, y Cuatro gotas, su obra más reciente.
Dulce Chacón siempre ha confesado que el género que más respeta y con el que más disfruta es la poesía, el que más "pasión" le inspira por su "capacidad de sugerencia". Admiradora de la prosa de Saramago, Luis Landero o Julio Llamazares -que le regaló el título, Cielos de barro para una de sus novelas-, la narrativa es, sin embargo, la modalidad literaria que más éxito le ha reportado.
Tras las publicaciones de las novelas Algún amor que no mate (1996) -que ella misma adaptó recientemente para una versión teatral-, Blanca vuela mañana (1997) y Háblame, musa, de aquel verano (1998), ganó el Premio Azorín en 2000 por Cielos de barro, una crónica de la Extremadura de posguerra.
Luego llegó "La voz dormida", que fue un gran éxito de crítica y de público y la corroboración de su compromiso, como demuestran los numerosos premios que recibió en nombre de las asociaciones de mujeres progresistas.
Este último trabajo en prosa proviene, según comentó, "de una necesidad personal de hace mucho tiempo, la de conocer la historia de España que no me contaron, aquella que fue censurada y silenciada".
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